JONATAN MORTARINI: “DIEZ HORAS DESPUÉS DE HABER SIDO DESCALIFICADO DEL 70.3, ME INSCRIBÍ EN EL IRONMAN FULL DE FLORIANÓPOLIS”

Jonatan Mortarini (30) es un triatleta que demuestra que los obstáculos hay que atravesarlos para poder lograr los objetivos propuestos. Luego de algunas trabas, logró correr el Ironman Full en Florianópolis. En esta crónica nos cuenta un poco su vivencia.

IRONMAN FULL DE FLORIANÓPOLIS

Jonatan Mortarini en el Ironman de Florianópolis, Brasil.


Siempre es difícil determinar el inicio de un proceso. En mi caso, se me hace difícil poner un inicio a lo que me llevó a hacer una carrera tan dura como un Ironman. No tengo dudas de que es parte de un proceso, es decir, no me levanté un día, sin tener experiencia suficiente y dije: “voy a hacer un Ironman”, pero ese proceso es tan difuso como casual.

Antes de continuar, creo que es importante aclarar de qué trata un Ironman. Cuando tuve la oportunidad de participar en un evento de este estilo, no sabía de qué se trataba, como imagino, muchos tampoco deben saberlo. Un Ironman es una carrera de tipo triatlón, en donde se combinan: 3,8km de natación (generalmente en mar, lagunas o ríos), 180km de ciclismo y, para terminar, una maratón a pie, es decir, 42,2km de running. Completar esta distancia (226km), puede demandar entre 7 horas y 40 minutos (récord mundial de la marca) y 17 horas (tiempo límite de llegada). Teniendo en cuenta que la carrera generalmente comienza a las 7 de la mañana, se puede decir que los participantes suelen pasar todo el día luchando para completar la prueba, incluyendo los casos en los que terminan cerca de las 12 de la noche, hora límite.

En marzo del 2016 se hizo el primer evento de la marca Ironman en Argentina. El lugar elegido fue Nordelta y bajo la distancia 70.3, en la cual se realiza la mitad de las distancias (1,9km nadando, 90km ciclismo y 21km running). En aquella época me entrenaba exclusivamente para carreras de calle, pero buscando algo más.

Recuerdo que me llegó un mail de Ironman, anunciando que iba a suceder un evento histórico, que por primera vez la marca llegaba a la Argentina. Hasta aquel momento nunca había escuchado hablar de una competencia de ese estilo, de hecho, cuando investigué, mi expresión fue drástica: “eso es una locura”. La curiosidad me llevó a inscribirme como voluntario, entendía que si había personas que hacían algo así iban a necesitar asistencia y a mí interesaba ver cómo esas personas luchaban contra semejante desafío. Cuando llegué a la competencia vi un evento armado como nunca antes había visto. Evidentemente se trataba de una organización que tenía todo muy aceitado a nivel mundial, y Argentina no era la excepción.

A los responsables de la organización les había hecho un único pedido: quería estar en lo que se denomina Parque cerrado, lugar donde se hacen las transiciones. Mi objetivo era ver cómo pasaban los atletas de una disciplina hacia la siguiente. Recuerdo que en el evento duré menos de una hora, vi de qué se trataba y me revolucionó la cabeza. Había encontrado mi siguiente desafío. Me fui a mi casa sabiendo que quería hacer un Ironman 70.3, prometiéndome a mí mismo que el siguiente año iba a ser uno de esos locos. Un detalle: no sabía nadar y hacía más de 10 años que no me subía a una bicicleta.

Llegó el 2017 y yo estaba en la línea de largada dispuesto a hacerlo de la mejor manera posible, pero siempre pensando en terminarlo. Tuve que luchar más de la cuenta, pero al final pude cumplir la promesa que me había hecho a mí mismo: terminé un Ironman 70.3. Tardé 5 horas y 42 minutos en completar la distancia, aunque realmente los números fueron sólo una anécdota. Internamente estaba muy contento, aunque una pregunta me resonaba en la cabeza (la de siempre, post objetivo): y ahora, ¿qué?

No recuerdo bien el mes – creo que fue en abril del 2017- en el que se anuncia el primer full Ironman de Argentina, la modalidad que tiene los 226km como objetivo. Fue una de esas veces en las cuales no me sentí capaz de hacer una prueba. Es cierto que me había sentido cómodo haciendo la mitad de la distancia, pero no me creía capaz de realizar semejante locura. Por ese entonces estaba de novio y ella me animaba a hacerlo, a intentarlo, aun cuando yo no me creía capaz. Después de algunos días de pensarlo, terminé cediendo e inscripto. Fueron muchos meses de preparación pensando en el logro que esperaba tener el 3 de diciembre del 2017 en una ciudad que quiero tanto como Mar del Plata.

Ese día estuve lleno de miedo, pero conforme iba transcurriendo la competencia me iba sintiendo cada vez mejor, de hecho, logré superar el siempre complicado mar de la costa argentina de la mejor manera. Llegado al km 120 de la etapa de ciclismo comienzo a tener problemas con la bicicleta, la arreglé y seguí. Volvió a suceder 10km después, la arreglé como pude y continué. Los ruidos que hacía la cadena eran para preocuparse. En el km 145 estábamos en Mar Chiquita cuando después de un retome me paré en los pedales para poder tomar envión y escuché la cadena romperse. Mi reacción fue de mucha preocupación, sentí peligrar mi continuación en la carrera. Me quedé en el pasto, al costado de la ruta, pidiendo que venga un mecánico de la organización. Di vuelta la bicicleta, empecé a acomodar la cadena, pero por falta de apoyo se me hacía imposible, el hecho de estar en el pasto no ayudaba a que pueda arreglar nada. Las personas que se encontraban en el retome se me acercaron con mucha voluntad de ayudar, me sostuvieron la bicicleta para que pueda arreglarla. En ese momento pasó una moto con una referee, el cual al ver que me estaban ayudando decidió descalificarme argumentando “ayuda externa”. Me quedé afuera de una manera impensada. No valió la pena hacer un descargo del momento, sólo aclarar la bronca que tenía en ese instante. Toda mi familia había ido a verme terminar ese desafío y yo no había podido darle esa alegría que tanto se merecían. Un gran triatleta me recuerda la frase: “cuando las cosas no salen como quiero, la vida me hace más guerrero”, me quedó dando vueltas en la cabeza.

Al día siguiente, aún con mucha bronca, me levanté pensando en una sola cosa: quiero revancha, cuanto antes. Miré el calendario y vi que la siguiente competencia de este estilo era en Brasil. No lo dudé ni un segundo, 10 horas después de haber sido descalificado del 70.3, me inscribí al Ironman Full de Florianópolis.

Los siguientes 6 meses fueron de preparación como nunca antes había tenido, dedicándole mucho tiempo y esfuerzo a los entrenamientos. Perfeccioné mucho mi fortaleza, el running, pero también pude atacar mis debilidades, la bici y la natación.

Llegué a Florianópolis el día viernes 25 de mayo, una casualidad, fecha patria y en tierras del clásico rival deportivo. Aproveché ese día para armar todo lo referido a la carrera. En una competencia tan larga se precisan muchas cosas y cualquier error te puede hacer perder tiempo, afectar física y psicológicamente e inclusive, dejarte afuera. Esto último no quería que me pase nuevamente. Otra vez no, esta vez no.

Recibí la mejor de las atenciones en la isla. Es un lugar que está acostumbrado a un evento de este estilo ya que hace 18 años que se realiza el Ironman en este lugar. Todo está armado para que los atletas no tengan que preocuparse por nada más que dar lo mejor de sí ese día. Al llegar a la Expo en donde entregan el kit de carrera, vi una gran cantidad de atletas que, presentía, se sentían igual que yo, ansiosos, tensos, con temores normales por afrontar semejante desafío. A ese lugar regresé recién al día siguiente para dejar la bicicleta y las bolsas de transición (con ropa y comida para los momentos en los cuales pasamos de una disciplina hacia la otra), ya no quedaba nada, menos de 18 horas, era momento de seguir alimentándome bien, hidratarme y descansar.

El despertador sonó a las 4 de la mañana, si bien tenía miedo de quedarme dormido, por suerte nunca sucedió. Me levanté e instintivamente hice un chequeo de cómo me sentía. Estaba ágil, con mucha energía por la adrenalina del momento. Desayuné lo mismo que esos últimos días. No quería ni debía inventar nada nuevo; si funcionó hasta ese día, había que mantenerlo.

Llegué a la playa en donde se realizaba la largada y pensé: no había mejor lugar para competir que ese. El amanecer era perfecto con un mar que se mostraba calmo, justo lo opuesto a cómo me sentía yo. A las 6:45 de la mañana largaron los profesionales y pensé lo mismo de siempre: ahí va el próximo campeón, los admiro, tienen una fuerza que parece sobre humana, realizan cada disciplina en tiempos que los mortales no podríamos hacer aun realizando sólo esa actividad. 20 minutos más tarde era mi turno, la largada de la categoría 30-34 años, todos con gorro amarillo, pero no es lo único que teníamos en común. Les veía las caras y todos teníamos la misma expresión, esa que indicaba que no teníamos miedo, que íbamos a encarar ese mar dispuestos a darlo todo, pero por dentro no sabíamos quién nos había mandado a estar ahí.

Empecé en el agua con muy buenas sensaciones. Me suele pasar que después de 200 o 300 metros comienzo a sentir que salí muy rápido, tendría que hiperventilar y tratar de que el cuerpo vuelva a la calma, pero esta vez no, esta vez me sentía fuerte. Me despegué del pelotón, pero rápidamente volví gracias a la ayuda de un voluntario que estaba arriba de una tabla de surf. Se terminó la primera vuelta. Habían pasado 2200 metros, no podía evitar mirar el reloj, venía a un ritmo muy bueno, mejor de lo esperado. Allí me surgió un pensamiento pesimista y contemplé la posibilidad de que en lo que restaba de nado me podría sentir más fatigado; por suerte no sucedió y la segunda parte la hice sin sentir cansancio alguno.  Salí del agua y escuché a mi familia (si, se fueron hasta Brasil, otra vez con la esperanza de que cumpla el objetivo), les hice una seña para indicarles que estoy bien, que el agua no pudo conmigo.

La transición se hizo un poco más larga que lo planeado, pero sólo pensaba en que se venía la disciplina que hace 6 meses me dejó afuera y sin sueño. Me subí a la bicicleta mucho más confiado que en mis inicios del triatlón, algo que me hizo sonreír, primer momento de alegría durante la carrera. El buen humor me duró apenas unos kilómetros, ya que al salir por una calle de empedrado se me caen herramientas que llevaba para la bici y pensar en hacer 180km sin mi juego de llaves Allen era muy peligroso, por lo que perdí algunos segundos. El circuito estaba compuesto en su mayoría por autopista y ruta, todo con sus cosas a favor y en contra. A favor era que el asfalto estaba bastante mejor que una calle urbana, los tramos eran más largos por lo cual exige menos retomes de esos que hay que parar a 0 para volver a arrancar. La contra era que estaba lleno de subidas y bajadas. Estas últimas no son problema, de hecho, festejé cada momento de bajada, pero las subidas las fui sufriendo cada vez más. En el kilómetro 67 sucedió otro desperfecto técnico, agarré un pozo y eso generó una pinchadura en la rueda trasera, tuve la suerte de que había un técnico autorizado en ese lugar, lo que me llevó a pensar automáticamente: “esto es la compensación por lo de hace 6 meses”. Cambiamos la cámara lo más rápido posible y seguí.  Pasé la primera vuelta de 90 km con muy buen promedio, saludé nuevamente a mi familia y repetí la seña de “voy bien, no hay riesgos”.

La energía iba cayendo y eso me preocupaba, ver el ritmo bajar es algo que siempre me generó incomodidad. La segunda vuelta no parecía ser fácil, en el km 125 había uno de esos retomes en U en donde hay que frenar a 0 y volver a arrancar, uno de esos que parecen presentarse como enemigos personales míos. Esta vez me encontró distraído por lo que, a pocos metros, tuve que clavar los frenos, perdiendo el control de la bicicleta y cayendo de lleno con la cabeza sobre el asfalto. Me levanté y vi mucha gente preocupada por mí, lo primero que dije fue: “¿la bici está bien?”, algo que llevó a que varios se rían de mi reacción. Me pidieron que me siente y espere al médico. Les repetí mi pregunta: “¿la bici está bien?”. No comprendían la situación, me decían que el manubrio estaba un poco suelto. Yo me levanté, vi que, aunque flojo estaba perfecto, y me subí a seguir. La adrenalina del momento hizo que nada me duela hasta que, a los pocos minutos, comencé a sentir un dolor muy fuerte en el cuello, vi sangre en algunas partes de mi cuerpo, pero quise seguir, hasta el final. Terminé la disciplina con el manubrio totalmente salido del eje. Cuando el voluntario que me recibe la bicicleta vio ésto, me quedó mirando como diciendo “llegaste con lo último”; puede que haya tenido razón, pero me debía una de hace 6 meses, y, esta vez, fue por mí.

Por último, quedaba mi etapa más fuerte, la maratón. 42, 2km corriendo por calles brasileñas. Salí confiado, un ritmo mucho más rápido del planificado. Llegó la famosa subida de Canasvieiras y decidí no caminar, aunque veía que todos lo estaban haciendo, me sentía bien y fui a un ritmo tranquilo. En el km 15 me di cuenta que en la transición dejé todos los geles de glucosa que tenía preparados. Es decir, me quedé sin comida. Cuando terminé la primera vuelta (km 21), empecé a sentir que mi ritmo estaba bajando y, con él, la energía. Afortunadamente, la organización montó un puesto de hidratación y alimentación cada 2km, por lo cual en el km 26 paré unos segundos a agarrar comida y continuar corriendo mientras iba comiendo. Me pregunté si en estas carreras también se sufre el famoso “muro”, allá por el kilómetro 36. Tuve la suerte de no sentir ningún bajón más de energía. Todo lo contrario, en el último trayecto no paré de acelerar, motivado por el grito tanto de las personas que estaban en las calles alentando como las que forman un pasillo en los últimos 1000 metros gritando y brindándote sus manos para que las choques.

IRONMAN FULL DE FLORIANÓPOLIS

Jonatan Mortarini en el arco de llegada luego de 10 horas, 38 minutos.


Visualicé el arco de llegada y comencé a pensar que esa vez sí iba a suceder, esa vez me recibía de Ironman, objetivo que siempre me pareció tan lejano y que hacía 6 meses se me había escapado. Escuché los gritos de mi familia, estaban igual o más felices que yo. Crucé el arco y señalé el cielo, fue el momento en el que me conecté con mi abuelo, era la persona con más energía que conocí en mi vida y todavía hoy sigo sintiendo que me empuja en cada momento difícil. Volví a mirar a la tribuna y vi a mi familia, los señalé y les grité que el logro no era mío, era de todos nosotros. El locutor del evento gritó mi nombre y felicitó. No supe qué responderle; me limité a gritar al aire, como descargándome la tensión y bronca que venía acumulando durante 6 meses. Llegué a la carpa en donde estaban todos los atletas que lograron terminar la prueba y me esperaba una voluntaria. Ella era la recepcionista del hotel en donde me hospedé. El día anterior habíamos hablado de la carrera, le había dicho el miedo que tenía y ella me aseguró que iba a terminar. Me abrazó fuerte, como si supiera por lo que había pasado. Me miró, me felicitó y dijo: “lo lograste”.

Por casualidad al otro día de la competencia escuché un tema que reconocí al instante. Lo canté en un “portuñol” muy improvisado y me di cuenta que la canción decía: “a veces la felicidad tarda en llegar, en ese momento no podemos dejar de soñar. El guerrero no huye de la lucha, no puede escapar. Nadie va a poder retrasar a quien nació para vencer”. Sonreí y me prometí volver a Florianópolis, volver a ese Ironman mágico.

Autor Jonatan Mortarini

Ingeniero Industrial y triatleta.

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