CRISTIAN GORBEA: “EL LÍMITE ESTÁ DENTRO DE LA CABEZA”

Cristian Gorbea es un ultramaratonista. Pero no cualquiera, es el único afortunado que tiene dos cumpleaños por año. Asegura que volvió a nacer, que tiene 56… y 6. Si tuviera dos partidas de nacimiento, una, debería tener una dirección particular: una repisa en el Cerro Champaquí, en Córdoba. Lugar donde pasó 42 horas entre alucinaciones, desesperanza, frio y muchas cosas más que va descubriendo con el paso de los años. El 10 de septiembre de 2010, estaba corriendo en una ultra de 80 kilómetros, se perdió en la oscuridad, tropezó y rodó hacia abajo hasta detenerse con una rama. Ahí quedó, en un abismo, hasta ser rescatado. Un hecho que marcó un antes y un después en él. En su vida laboral, sentimental, deportiva, afectiva… y mental.

¿No leíste qué pasó ese día en el Cerro Champaquí? Leelo acá:

- Un Tigre en la Quebrada -

Cristina Gorbea en Revista Desafios

Cristian Gorbea feliz por la experiencia vivida.


Pero esa historia es vieja, aquella charla en la oficina en donde Cristian Gorbea me detalló todo lo vivido ese fatídico fin de semana, me dio una pauta de que no iba a ser la única vez que tenga la oportunidad de hacerle un par de preguntas y escribir unas líneas. Volví. Ahí sentado estaba de nuevo, con esa tranquilidad, esa paz y esa sabiduría que transmite, sin darse cuenta creo yo. Algo que encontró en sus más de treinta años de yoga y en su reciente incursión en prácticas mindfulness.

El motivo no era menor, esta vez llenó el bolso de abrigo –mucho– y viajó a la Antártida, para ser el primer argentino en correr 100 kilómetros en la Antarctic Ice Marathon. Logró un cuarto puesto dentro de diez de los corredores más locos del mundo.

Te gusta desafiarte, romper con lo tradicional, lo ordinario, sufrir… y superar tus límites…

Sí, desde que tengo experiencia en running siempre fui aumentando las distancias: 5k, 10k, 21k, 42k, carreras más largas, triatlones, Ironman, carreras de expedición, de dos días, de tres, La Misión… Y vi que el límite está acá, adentro de la cabeza, el no puedo está adentro de la cabeza, si te gustan las distancias largas yo creo que no hay límite de esto. La Antártida me atrajo desde hace muchos años, desde que era pibe. Tenía ganas de conocerla, siempre escuchaba las historias de la gente que había ido a la Base Marambio, las camperas naranja, la vida de allá, la gente que se va todo el año… Me parecía un continente raro, exótico. Cerca y lejos a la vez. Siempre me pareció una cosa muy especial para conocer y surgió la oportunidad para ir a raíz de una pregunta de mi hijo de por qué no iba. Tenía tantas ganas y dije… ¿por qué no voy? Empecé a googlear porque había escuchado de una carrera que se hacía ahí. Una maratón. Pero como se hacía en un mes que no podía ir, el organizador me dijo: ¿Por qué no venís a una de 100 kilómetros que se hace en enero? ¿100k en la Antártida? Me parecía desmesurado, totalmente desproporcionado. Pero era el único momento del año donde podía ir, era eso o nada. Lo consulté con mi familia, me dieron vía libre, bandera verde: te gusta, tenés salud y lo podes hacer. Con ese apoyo empecé a indagar, particularmente indagué con gente que la había corrido, me contacté por Facebook con un ecuatoriano y un chileno, les pregunté y me dijeron: no dejes de hacerla. Consulté a Dolores Aveldaño, que también corrió allá pero en otro lugar y me dijo lo mismo. Tenía referencias súper positivas para hacer esa locura. El tema era cómo entrenarlo, cómo vestirme, cómo comer, cómo caminar por ahí. Era toda una serie de interrogantes…

Cómo entrenar en Buenos Aires teniendo 30 grados de calor en pleno verano

Eso fue lo único que no pude entrenar, el frio. Porque no tenía sentido meterse en una cámara frigorífica una hora para correr en una cinta, me parecía muy loco, esa fue la única cosa que tuve que sorprenderme allá. El resto sí, trabajé mucho con Perotti (entrenador del running team Correr Ayuda), fondos largos, pasadas largas, dobles turnos, sumé semanas de 100 y 120 kilómetros, cosa de sentirme bien fuerte físicamente. El otro componente era mental, cómo iba a reaccionar la cabeza frente a tanto frio, a una inmensidad tan grande, a un entorno donde no sabía si se me iba a congelar el pie, la mano, si me iba a morir de frio, si no iba a poder seguir… Todas las incertidumbres que, por otro lado, sabiendo que no era la primera edición que se había corrido y muchos corredores la habían terminado, me daba la impresión que la podía hacer. Como en todos los proyectos, hay que tirarse de cabeza con confianza y saber que va a haber cosas que te van a aparecer en ese momento y que las vas a tener que resolver como mejor te salga.

Cristian Gorbea en Revista Desafios

Algo que tarde en darme cuenta era el silencio en cada vuelta. Cristian Gorbea.


¿La temperatura era tu mayor miedo?

Era lo que más temor me producía, no sabía cómo iba a reaccionar a tantas horas con menos de 20 grados bajo cero. Averigüé cómo tenía que vestirme, que es muy similar a lo que es la vestimenta en carreras de montaña: tres capas en el torso, dos capas en las piernas, dos pares de medias, zapatillas de trail, dos pares de guantes, un baf y un pasamontañas. El viento era un tema a respetar, porque te baja muchísimo la temperatura cuando estás de frente, pero cuando lo tenés de espaldas te morís de calor, por lo que tenés que ir abriendo los cierres para evaporar. Hay dos riesgos grandes para el corredor en el frio, una es vestirse de menos, salir con mucho frio y congelarse, la otra, es vestirse de más y transpirar demasiado, con un ambiente muy frio, tu transpiración entra en contacto con temperaturas bajas, te congelas y no volvés a entrar en calor; tenía que estar regulando entre ambos extremos. En una de las vueltas se me congelaron tres dedos de la mano derecha y no los podía hacer entrar en calor, ese fue el tema fuerte con el frio, porque después lo sentís, pero es un frio bancable. Lo gestionas.

Corriste noventa kilómetros solo, ¿sufriste algún tipo de alucinación, como cuando te quedaste varado en el Cerro Champaquí?

Tardé en darme cuenta de algo que me llamaba la atención en cada vuelta: el silencio. No advertía el extremo silencio que hay en la Antártida, es un silencio estruendoso. No hay animales, no hay árboles con lo que rebote el viento y haga un poco de ruido, no hay alarmas de autos, no hay autos… no hay nada.

Empecé a meterme en ese ambiente de mucho silencio, soledad, paisajes que no terminan más y lo único que escuchaba eran mis pisadas. Eso me llevaba como a un lugar medio raro, medio mágico. Y estar solo, la mayoría de esos kilómetros, hacía que la carrera fuera de meterme para adentro. De ver el paisaje, admirarme con el cielo, que siempre es de día, con las montañas, con el desierto helado… Era mucho de introspección, porque estas verdaderamente en silencio. Parte de lo que pensaba era lo afortunado de estar ahí, en un lugar que tanto había deseado, haciendo lo que quería y sintiéndome bastante bien.

¿Hace cuánto haces yoga? ¿En qué te ayuda?

Arranque hace más de treinta años y la verdad es que nunca me abandonó. Si bien hay algunas veces que tomo clases, la mayoría lo hago solo en casa. Tengo una rutina que elongo y hago mis posturas, eso me ordena. Después de cada corrida hago mucho esos ejercicios, algo que creo que contribuye a no lesionarme demasiado en mi carrera de corredor. Son costumbres que traigo desde hace muchos años. Este año me anoté en el instructurado de yoga. Me entusiasmé.

Son prácticas que si las agarras de pibe y tenés la disciplina de no soltarlas, te va a beneficiar no sólo en el cuerpo sino en la mente, porque fundamentalmente debe focalizarse, nuestra mente en general vaga por el pasado, el futuro, va de una idea la otra, no se concentra, el yoga, y otras técnicas más, te enseñan a estar en el presente. A sentir tu propia presencia, en la Antártida era lo que yo sentía, mi propia presencia en ese paisaje, era muy loco. Como cuando la mente se calla, no hay ruido y estas en el entorno y el entorno está dentro tuyo… Es medio místico lo que te digo. Es una linda comunión cuando estas corriendo en esos entornos, por eso me gusta tanto las carreras de aventura, de montaña, sos vos la montaña, la montaña sos vos, se confunden los paisajes, la mente se aquieta y estas muy focalizado en lo que estás haciendo. Para mí es como que volver a un estado más primitivo, en el cual no hay tanta cabeza y hay más cercanía al entorno, más mimetizado con el paisaje.

"Muchas veces nuestras vidas pasan por momentos oscuros para tener momentos claros".

Cristian Gorbea

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Tratas de que no se precipiten pensamientos, pero no es nada fácil, somos de pensar en muchas cosas a la vez, ¿cómo logras esa comunión con vos mismo?

Es difícil como decís vos porque es una lucha constante entre ese deseo y los pensamientos que van y vienen, yo lo logro cada tanto, pero ese cada tanto es maravilloso y me sirve para continuar. En las carreras, en las ultras, vas a tener dolores todo el tiempo, a mí me dolía la pata, el dedo, tenía ampollas, hambre, sueño… Un montón de cosas y, sin embargo, con la iniciativa seguís dándole, seguís avanzado porque sabés que ese dolor en algún momento va a parar y tenés el gran incentivo de cruzar la línea de llegada y llevarte ese premio para toda la vida. Es un sacrificio que uno quiere hacer para lograr algo con un fin superior, algo que te llevás para toda la vida, que en realidad es… una medalla, una experiencia y un cuento, nada más que eso, no hay plata… Es más, ponés plata; no hay un beneficio económico, es un beneficio más que nada de hacer lo que te gusta, de cumplir un sueño, la satisfacción de haberlo logrado. Proponerte algo loco y lograrlo y eso me parece que es súper lindo para cualquiera.

Inventaste una palabra, ¿qué querés decir con sufritar?

Sufritar para mí es un verbo que deberíamos ejercer más a menudo porque todos tenemos una idea, me parece, un poco equivocada de la felicidad. Creemos que la felicidad es un estado pleno, de bienaventurarse y la verdad es que tiene una contrapartida que son los momentos oscuros. Muchas veces nuestras vidas pasan por momentos oscuros para tener momentos claros. Sufritar es una condenación de dos verbos, sufrir y disfrutar, del día y de la noche, de lo que te gusta y de lo que no te gusta. De los obstáculos y de las posibilidades. Creo que en el correr se manifiestan esas dos tensiones, se manifiestan muy claramente porque tenés un objetivo claro que es llegar a un determinado lugar antes de un determinado tiempo, y la lucha es con vos. Vos sabes que si querés lograr eso, vas a sufrir un poquito, va a doler un poco, pero a la vez, en ese dolor, en ese tránsito del dolor hacia la llegada, está la posibilidad de disfrutar de eso, de superar tus límites, de decir: esto es imposible y lo estoy haciendo.

Creo que esa es una lección que hay que llevar para otros ámbitos, fuera del running, para tu vida laboral, afectiva, obstáculos que puedas tener en la universidad o donde fuera. Vos recordás lo que hiciste en la carrera, lo que sufriste, lo que te dolió y, sin embargo, lo lograste y a la vez podés transportar todas estas experiencias de la vida no runner, a la carrera, y eso es lo que yo intentaba hablar del entrenamiento mental. Muchos entrenadores se enfocan en lo físico y muy pocos trabajan sobre lo que todos sabemos que es fundamental: la cabeza. Hay pocos libros de psicología deportiva que me han gustado, la verdad es que esta todo para desarrollarse. Creo que es un componente súper importante que no entrenamos y que creemos que vamos a estar fuertes de cabeza sólo porque lo queremos… Y no, es como el cuerpo, por más que queramos estar fuertes, si no lo entrenás… No pasa nada.

Cristian Gorbea en Revista Desafios

Una postal del lugar donde Cristian Gorbea paso varios días.


¿Qué recomendás para ejercitar la mente?

El tema es que creo que no hay mucha metodología en entrenamiento mental. Yo lo que encontré es mindfulness, una escuela que de alguna manera te acerca un poquito a eso, a estar más presente en tus emociones, en tus pensamientos, en el foco de tu mente, más centrado, y de alguna manera te ayuda a conseguir ese objetivo. El ejercicio de mindfulness es volver siempre. Darte cuenta que estás pensando en cualquier cosa y volver, por ejemplo, a la respiración. Pero tu mente en esos momentos puede decirte: esto es muy aburrido, quiero algo más divertido… Y vos decís: bueno, está bien, pero ahora sólo en la respiración. Eso te da lo que muchos autores hablan: una pausa. A veces cuando estamos pensando tantas cosas al mismo tiempo no tenemos pausa entre la acción y la reacción, entre el estímulo y la respuesta, y muchas veces pasa que muchos de nosotros nos tocan y saltamos como leche hervida, porque no hay esa pausa. Estar más consciente y no reaccionar, sino accionar, con lo que el evento necesita, para eso tenés que estar anclado en el presente, que es un ejercicio dificilísimo, hasta para el Buda debe ser difícil.

¿Dónde se realizan estos ejercicios?

En la práctica cotidiana es donde vas a encontrar esa gimnasia, porque está bueno hacerlo en las rocas, en una noche estrellada, al lado del mar, pero también hacerlo en el subte, en el bondi, y al estacionar el auto. Mindfulness te habla de que hay momentos de práctica formal y de práctica informal. La formal, por ejemplo, es sentado en las rocas, mirando el cielo, las estrellas, donde te ponés a meditar; la informal es, por ejemplo, caminar conscientemente hasta el auto, sintiendo las pisadas, el ruido de los pajaritos, el auto… Estar presente. Es entrenamiento mental como para no estar tan disperso con los pensamientos.

Pero yo no pensaba todo eso en la carrera eh… En la carrera venía dando vueltas y tratando de contener el frio, el hambre y el dolor. Yo acortaba todo el circuito, eran diez vueltas de diez kilómetros, iba trabajando una distancia enorme en distancias más cortas, eso me permitía medir el grado de avance. Iba contando las vueltas, salvo la décima, porque la tenía que dar igual, entonces pensaba en un momento: me faltan tres, me faltan dos... Todo para la cabeza. 

Uno se setea en la distancia cuando estas en la largada, en una largada de 100k, tu mente, no sé cómo, regula la energía para llegar a los 100k, no pidas 102. Estás en la largada de un 120k y se regula para eso, no pidas 122. ¿Cómo funciona eso? No tengo la más puta idea, pero funciona para todos.

En tu crónica decís que no eras el mismo en cada vuelta…

Es cierto, en cada vuelta yo notaba que había cosas distintas, a pesar de que el entorno era igual y yo era la misma persona. Por ejemplo, las primeras cuatro vueltas, o sea 40k, las corrí muy parejo y con muy buenas sensaciones; la quinta, me caí como un piano; en la sexta, me di cuenta que estaba tomando agua líquida derretida de nieve y la nieve no tiene sales, por lo cual no me estaba hidratando, me avivé y le puse sales; en la séptima y en la octava levanté un montón; en la novena me caí y la décima la di porque era la del honor, porque no daba más, estaba destrozado. En cada una de ellas había un elemento en común, pensaba: qué lindo estar acá. Salvo en la cuarta, que te confieso, pensé: ¿por qué mierda no corrí la maratón? ya hubiera terminado, pero no, me faltan 60 kilómetros.

La verdad que el premio es proporcional al esfuerzo, cuando terminas decís: qué bueno que elegí 100k. Tenés que salir de esa zona de confort, muchos me dicen: ¿te gusta eso?, Te tiene que gustar un poquito el sufrimiento, te tiene que gustar un poquito no dormir, te tiene que gustar un poquito estar cansado, que te duela la pata, decir no puedo, pero a la vez sabes que adentro tuyo hay una fuerza interior que te dice: dale, sí, podés. Internamente, a nivel biológico, decís, tengo la potencia como para llegar a la línea final. En ese desafío está tu cabeza, y si te dejás vencer, decís: hace mucho frio, estoy roto, me voy a congelar. Se murió el proyecto. Si lo sostenes, hay un premio. ¿Sabés qué creo? Que si vos das un paso hacia adelante, la naturaleza da diez pasos hacia vos. Está en que vos tengas la iniciativa.

Tenés como una especie de conexión con tu hijo, antes, cuando estuviste dos días perdido en la montaña, él sabía que ibas a volver, ahora él es el que te empujó a dar este paso hacia adelante…

Buen punto, no me había dado cuenta, pero es así. Es muy asertivo, muy observador y efectivamente, cuando yo me perdí él estaba seguro que yo volvía y fue él el que me dijo… pero papá, ¿por qué no? ¡Y me di cuenta que el pendejo tenía razón! me sirvió para no postergar sueños, para asegurarme de que los sueños hay que cumplirlos en esta vida, nadie sabe que va a pasar en una hora. Mientras tengas salud, ganas y lo puedas hacer, si es un proyecto lindo, vale la pena. Allá me cruce con gente muy loca que lleva adelante proyectos muy locos. Europeos, chinos, americanos, que están en un circuito muy exótico. Han ido al Polo Norte, Namibia, Groenlandia, Australia, distintos desiertos y lo hablan con una naturalidad extrema, hay gente que incluso deja su laburo por un año y se va a hacer una expedición al Polo Sur en trineo… Ese mundo también existe, y es gente que se animó a soltar lo que se supone que se tiene que hacer y la verdad es que hay un premio interesante. Es la experiencia, yo creo que hay que ser millonario en experiencia. La guita no es tuya, va y viene.

¿Qué reflexión hacés después de visitar un lugar tan particular?

Fíjate que interesante la Antártida, no hay nativos, no hay ninguna tribu autóctona, no hay fronteras, es el único continente que no tiene límites, no hay armas, lo militares que están ahí custodiando están de soporte para las expediciones científicas, no hay explotación minera ni de recursos naturales, todos los desechos se llevan devuelta… Es muy loco.

No parece real

No parece la tierra.

Fotos: Rosana Katinas y Rodolfo Soto

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Autor Federico Cortes

Redactor y editor de Revista Desafíos.
Community manager de Revista Desafíos, FC Producciones, El Desafío Cross Trail y Maratón de Montaña.
Periodista.

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Comentario

  1. Excelente nota que plasma con precisión un poco de lo que nos pasa por la cabeza a los “locorredores”. Comunidad de la que Cristian es un referente claro.
    Un abrazo y felicitaciones!!

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