A PAMPA TRAVIESA DESDE ADENTRO

#RinconDelCorredor

El domingo 8 de abril se llevó a cabo la edición número 34 del histórico Maratón Internacional A Pampa Traviesa con 1220 inscriptos; dentro de ese número, se encuentra Jorge Andrés Vega, corredor del running team de Toribio Gutiérrez, quien nos describe cómo lo vivió.

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Un fresco amanecer, un cielo cubierto de gris claro, prometían condiciones óptimas para que aquellos que tememos al calor durante el tránsito de nuestra distancia más soñada. Pelotones de competidores van de un lado hacia otro precalentando, como abejas delicadas danzando alrededor de un jardín de flores representado por la Plaza San Martín, en el corazón de la ciudad de Santa Rosa. Trato de serenar mi miedo escénico previo al maratón, mientras busco puntos y referencias en las que focalizar mi mente. El edificio de la Municipalidad y el de la Universidad Nacional de La Pampa, son paradas inevitables antes de reposar mi vista en el arco de largada.  La cola para acceder al baño químico es un espacio extraño. El tiempo corre mucho más rápido allí. Uno puede ver pequeños detalles en los competidores que están delante, su indumentaria, su energía, algunos dan saltitos en el lugar, otros simplemente esperan, silenciosos, entregados…

El conteo de los últimos segundos previos al inicio de la carrera, son siempre los más emotivos para mí. He vivido esto decenas de veces, pero aun así no puedo evitar pucherear en el conteo de los diez últimos segundos. Mi reloj ya está listo para que pulse y le dé inicio al conteo en mi muñeca. Cierro los ojos, le agradezco a la vida estar allí, como siempre. Pero debo abrirlos rápido, para no pisar ni tropezarme con ninguno mis hermanos corredores, mis colegas atletas, mis potenciales amigos anónimos que aún no conozco, todos compartiendo ese profundo y movilizador momento en que nos largamos hacia adelante, un momento en el que escasea el espacio entre unos y otros, donde muchos se desesperan por abrir las alas en espacios más amplios.

Es la primera vez que voy a correr mis amados 42,195 kilómetros comenzando tranquilo, “bien pancho”, como dijeran algunos. Luego de 4 años corriendo y entrenando, luego de haber corrido variadas distancias de calle, de aventura, entre ellas, cuatro maratones previas, es la primera vez que siento que puedo llevar mi ritmo de rebote, como le llamo yo, económico en el uso de energía, deslizándome con cada zancada, capaz de enviarle a mi corazón un mensaje durante horas: “No voy agitado, corazón… voy tranquilo y parejo”.

Cuando finalmente la Av. Presidente Juan Domingo Perón se desplega ante mí, comienzo a confirmar la hermosura de este circuito. Su asfalto cómodo comienza a sentirse como un canto para mis pies, la llanura de este recorrido, ya comenzaba a intuir yo, iba a ser un sueño, todo un encanto.

Llevo en mi mente cada palabra, cada tip y consejo de uno de los seres más queridos y admirados por mí, mi entrenador, el legendario Toribio Gutiérrez. Sólo soy un corredor aficionado, ni remotamente imaginaría alcanzar alguna marca que se acerque a un tercio de las obtenidas por él. Pero ser entrenado por alguien que se muestra con su gente con tanta calidez humana, con su mano amiga extendida siempre, irradiando sencillez de continuo, eso me va a dar esperanza ante cualquier reto que me proponga.

Me acompañan mis más queridos, los que están, los que partieron, todos, mientras estoy de vuelta por la avenida. Este recorrido semejante a una “L” gigante, es una bendición para mi cabeza “flojita”. Siento más que nunca, que el maratón se fracciona en segmentos importantes que puedo cubrir con facilidad. Presidente Juan Domingo Perón de ida, luego la vuelta, luego la circunvalación Ing. Marzo de ida, y luego la vuelta antes de adentrarme en el corazón de la ciudad. Puedo imaginarme más allá, la superficie del agua de la laguna Don Tomás. Mi mente pasea por los encantos de la ciudad, mientras mis pies y mi braceo me llevan al arco, y sin darme cuenta, he completado la mitad de la prueba.  

En este circuito de idas y vueltas, me la he pasado saludando a mis amigos y conocidos que van a ritmos diferentes a los míos; como la vida misma, en donde unos van y otros vienen, reparo en que debemos ser muy humildes y aceptar que, de algún modo, exactamente igual que en este maratón, todos recorremos el mismo camino.

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Ya he pasado el kilómetro 25. Trato de mantener calmada mi respiración, como si fuera una entidad aparte. En este propósito me doy cuenta que apenitas por lo bajo me he animado a decir un pequeñito “gracias” a cada ángel de la guarda en el camino, las manos más hermosas de la tierra, manos con botellitas y bolsitas de agua, o con vasitos de bebida isotónica; o los chicos que nos cortan el tránsito para que nosotros nos desplacemos por esta cinta divina de asfalto. No importa la edad que tengan, algunos jovencitos, otros con rostros curtidos por la vida y la experiencia, pero todos ellos para mí, son “los chicos”, y en esos kilómetros, los siento también como a nuestros amigos anónimos que nos cuidan.

Ya he pasado la línea del kilómetro 33. Reflexiono en que, nunca deja de sorprenderme el poder de unas palmas. Gente que ni me conoce, pero aplaude cuando uno pasa. Me quedo solo. Tengo poquitísimos competidores a la vista cientos de metros adelante.  En mi desierto mental, esas palmas, son los oasis de existencia y compañía humana que necesito. El aplauso, es también un acto desinteresado que emociona, más aún en estas circunstancias. Esa emoción, siempre se transforma en un cosquilleo que sube por mi espina y explota en mi coronilla, y siempre,  siempre, yo lo sé, me va a impulsar unos cientos de metros más hacia adelante.

Cruzo la marca del kilómetro 38. Ya vengo cansado, pero estiro el tranco igual, tratando de no dejar de desplazar los metros hacia atrás.  Sin embargo, algo sucede con mi estómago. Sin haber alcanzado la línea del kilómetro 39, unos espasmos de arcada, me obligan a detenerme, a hacer un alto en el camino. Apoyo una mano en un bloque de concreto. Dejo que mi cuerpo haga lo que tenga que hacer, hasta recuperar el punto estable nuevamente. Muchos líquidos subieron por mi esófago y garganta en ese ratito… y se fueron para siempre.

Los espasmos pasan. Me subo a la cinta y enciendo suavecito los motores. Cuido mucho esa estabilidad ganada en el ser interior de mi trajecito biomecánico con el que corro con tanto gusto. Me adentro en la ciudad, comienzo a ganar ritmo otra vez. Muchas voces me dan ánimo ahora. Diviso a un amigo reconociéndome. Ya comienza él a trotar en el lugar. Él ya corrió su medio maratón. Ya está abrigado. Me mira con alegría, dispuesto a llevarme y a “tirarme” los últimos cientos de metros.  Un remolque imaginario, una cuerda mágica… la de los amigos. Me emociono otra vez. Me suelta a 250 metros del arco de llegada y sigo solito dando gracias, nuevamente, al tiempo que dejo todo en mi sprint final.

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El Gorrión

Jorge Andrés Vega

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